El tesoro de los lunes
Marina siempre despreció el orden. Sus libros y libretas vivían en un caos organizado solo por ella, donde cada pila de papeles tenía su propia lógica secreta. "La creatividad necesita libertad", argumentaba cuando su madre se quejaba, y agregaba con una sonrisa pícara: "Además, ¿quién dice que el desorden no es una forma de orden? Yo sé dónde está todo". Sus amigas se maravillaban de cómo podía encontrar una nota específica en ese laberinto de hojas sueltas y cuadernos medio rotos. Ella lo llamaba "arte caótico".
Pero ese lunes de lluvia, la magia del caos la traicionó. Despertó tarde, se tomó el café con prisa y cuando buscó el proyecto de ecología que había terminado la noche anterior, encontró solo papeles que parecían multiplicarse burlones. Cada hoja que levantaba era una ecuación sin terminar, un bosquejo descartado o una lista de tareas olvidadas. El tiempo corría; el bus pasaría en veinte minutos y su profesora no aceptaba retrasos.
Entre papeles voladores y lápices que rodaban, la desesperación crecía. Pensó en reconstruir el proyecto de memoria, pero el cansancio y el pánico nublaban su mente. Fue entonces que su hermanito de siete años, Mateo, apareció en la puerta con su estuche de colores perfectamente alineado por tonos. Había estado observando en silencio, con esa sabiduría infantil que a veces supera a la adultez.
—Si todo tiene su lugar, nada se pierde —dijo simplemente, acercando una silla.
Con una paciencia inesperada para su edad, le ayudó a clasificar: útiles en el tarro, apuntes en carpetas, tareas terminadas a la izquierda. No criticaba, solo organizaba con manos pequeñas pero decididas. Marina, demasiado agobiada para resistirse, se unió al trabajo. Descubrió bajo una pila de revistas un certificado olvidado del año pasado y entre cuadernos viejos, una carta de su abuela que nunca había leído.
Al cabo de veinte minutos, el proyecto emergió de una carpeta mal etiquetada. Pero Marina no solo encontró su trabajo, sino también una verdad sencilla: el orden no es una prisión, es un mapa. Aquella mañana llegó justo al bus, con el proyecto bajo el brazo y una sensación extraña de ligereza.
Desde aquel día, reservó cinco minutos cada tarde para ordenar. Descubrió que la claridad de su espacio le devolvía tiempo y paz. Ya no perdía horas buscando llaves o recordatorios. Un mes después, su madre entró a su cuarto y sorprendió una sonrisa genuina. Mateo, viendo el cambio, solo asintió con orgullo y le regaló una etiquetadora pequeña.
El caos ya no era su aliado; la serenidad del orden se convirtió en su nuevo tesoro. Y Marina aprendió que la verdadera libertad creativa no está en la desorganización, sino en tener la mente tan despejada como el escritorio donde crea.
El orden no es una prisión para la creatividad, sino un mapa que te devuelve el tiempo, la paz mental y la libertad para crear sin distracciones.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario