El interés del silencio
Marcos siempre guardaba sus palabras en el fondo de su garganta, como quien atesora monedas que nunca quiere gastar. Sin embargo, cada silencio acumulado se convertía en una deuda emocional que la vida cobraba con intereses. Por eso, cuando su jefe le atribuyó en una reunión el error que había cometido su compañera, Marcos bajó la mirada y tragó la verdad junto con su café. Además, pensó que el tiempo pondría las cosas en su lugar y que no valía la pena armar un conflicto por algo tan trivial.
Cuanto más esperaba, más se solidificaba el muro de silencio entre él y los demás. Aunque su madre le había enseñado que "la verdad no necesita gritos", jamás le explicó que sí necesita voz. Por tanto, cuando su mejor amigo dejó de llamar después de diez años de amistad, Marcos no comprendió que había sido el no decir "lo siento" a tiempo lo que selló la distancia. Mientras tanto, su novia leía en sus ojos preguntas que él nunca verbalizaba, y ella las interpretaba como indiferencia.
Después de tres semanas sin mensajes de ella, Marcos decidió escribirle un largo texto explicando todo lo que había callado. Sin embargo, el destino había adelantado su partida: ella acababa de aceptar una oportunidad de trabajo en otro continente. En cambio, su compañera del trabajo, aquejada de culpa, había confesado a la gerencia que Marcos era inocente, pero la promoción ya se la habían dado a otro. Porque el tiempo no es un río que lava toda culpa, sino un viento que extingue fuegos que no alimentamos.
Finalmente, una tarde de invierno, Marcos encontró a su vecino anciano de pie en la escalera con una carta en la mano. Así que, por primera vez en meses, habló primero: "¿Necesita ayuda?". El anciano le sonrió con ternura y le respondió: "Te esperaba. Quería devolverte tu voz antes de que se te olvide cómo se usa". Y fue en ese instante cuando Marcos comprendió que hablar a tiempo no es un acto de valentía, sino un acto de amor hacia uno mismo y hacia quienes nos esperan.
No dejes que el miedo o la comodidad te cierren la boca, porque los silencios que hoy te parecen prudentes mañana serán lamentos que no se escuchan por nadie.
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