Cosecha de empatía
Tomás era un campesino tan impaciente que miraba sus semillas cada mañana esperando que crecieran de la noche a la mañana. Un día, un anciano viajero le advirtió: "La verdadera riqueza no se apresura", y partió dejando una pequeña bolsa de semillas misteriosas.
Tomás, decidido a probar suerte, preparó la tierra con esmero y puso en cada hoyo tres granos, murmurando: "Con esta siembra cambiará mi suerte". Días después, sin ver brotes, cavó para revisarlas, destrozando las raíces delicadas. El anciano reapareció y le dijo: "La paciencia es el agua invisible que todo lo alimenta".
Apenas escuchó. Sembró de nuevo, pero esta vez vigilaba obsesivamente, regando demasiado, ahogando las plantas. El verano llegó y su campo era un desierto de buenas intenciones mal llevadas. Sus vecinos, en cambio, cosechaban doradas espigas mientras él solo recogía amargura.
Llegó diciembre y la cosecha había sido mala para todos, menos para Tomás. El había guardado los granos del anciano, que resultaron ser una variedad mágica que crecía en invierno. Excitado, corrió al mercado a venderlos todo, sin compartir. Pero nadie los quiso: "No necesitamos más", le dijeron, "la tierra ya nos dio lo suficiente".
En Nochebuena, golpearon a su puerta los vecinos con cestas de pan y verduras. "Tomás", dijeron, "hemos traído para ti, porque la Navidad es para compartir". Él cerró la puerta con vergüenza, mirando su saco de granos intacto, y de súbito comprendió: había tenido la semilla del futuro, pero sembró egoísmo.
La siembra que das determina tu cosecha, y la verdadera Navidad está en sembrar generosidad para cosechar comunidad.

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