BREVE NARRACIÓN #47

 


El mismo espejo, dos voces

Clara tenía ocho años y, por primera vez, su madre le había comprado un vestido nuevo con un lazo color cereza. Lo había probado ante el espejo del mercado, girando sobre los talones, y aunque el tallaje era “de crecer”, ella se sentía una princesa. Ese sábado llegó a la casa de Martina —globos, piñata, risas— con el corazón tan grande como la falda.
Martina, dueña de la fiesta y de una lengua rápida, la recibió en la puerta. Recorrió con la mirada el vestido, aguardó a que todos los invitados la rodearan y soltó: «Parecés un payaso con esa carpa puesta». La frase cortó el aire como una tijera. Alguio soltó una carcajada, otro repetiría el chiste en la escuela el lunes. Clara sintió que el lazo se convertía en cuerda: bajó la cabeza, se apretó contra la pared y contuvo las lágrimas para que no le mancharan el tercer botón.
La fiesta siguió: canciones, pastel, fotos. Pero Clara ya no estaba; solo quedaba su cuerpo. Se refugió en el jardín trasero, entre los rosales, donde el olor a tierra mojada mezclaba con el sabor salado que le subía de la garganta.
Diez minutos después, Lucas —el primo de Martina, un año mayor, experto en desarmar y armar bicicletas— apareció con dos galletas de chocolate en la mano. Se sentó a su lado sin mirarla directamente, como quien repara un juguete sin querer que el juguete se sienta roto. «El color del vestido es exactamente el de las cerezas que cultiva mi abuela —dijo—. ¿Te parece si lo abrochamos un poco con un imperdible? Así no se mueve y podés correr a la rayuela sin tropezar». Clara lo miró. Lucas sonrió solo con los ojos. Juntos encontraron un imperdible plateado en la cocina; ella se volvió a ver al espejo del baño y descubrió que, en efecto, el lazo ahora formaba una mariposa más chica que la hacía sentir, no menos princesa, pero sí más ligera. Cuando salió, nadie notó el cambio; solo ella, que volvió a saltar la rayuela y a reírse de verdad.
Al atardecer, la madre de Clara la fue a buscar. Antes de subir al auto, la niña se acercó a Martina y le susurró: «Gracias por invitarme». Martina bajó la mirada: por primera vez sintió que la verdad puede pesar más que la mentira. Luego Clara buscó a Lucas entre los niños que desinflaban globos, le dio la mitad de su lápiz de color cereza y le dijo: «Para que recuerdes que las cosas se pueden arreglar sin romperlas».
Esa noche, en su cuarto, Clara colgó el vestido en un gancho y lo miró largo rato. Aprendió que la sinceridad no es un cuchillo que se clava, sino una linterna que se pone en la mano del otro; que la crueldad, aunque diga la verdad, solo ilumina su propia risa; mientras que la bondad, aunque también vea la falla, prefiere mostrar el camino para coserla. Y así, entre el olor a rosas y el sabor a chocolate, Clara comprendió que hay dos maneras de mirar un espejo: una que te recuerda tus grietas para que te avergüences, y otra que te recuerda tus grietas para que aprendas a bordarlas.

Decir la verdad no basta: importa cómo, cuándo y para qué la decimos.
La sinceridad que no se preocupa por el corazón ajeno se convierte en crueldad;
la que se dobla para alcanzar la mano del otro, se transforma en compasión y crece juntos.

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