La luciérnaga que llevamos dentro
Cuando la niña Amaia desenterró la primera luciérnaga de su pecho, comprendió que la magia no llegaba desde fuera: era un latido que ya llevaba dentro y sólo aguardaba ser nombrado.
La aldea, acostumbrada a prodigios traídos por mercaderes de polvos y amuletos, rió al escucharla hablar de “magia interior”; pero la risa se les heló cuando los panes que amasaba Amaia crecían hasta alimentar a los veinte vecinos que antes escarnecían su nombre.
Un día llegó el mago de las montañas, portando un bastón de cristal y un libro de mil conjuros; ofreció enseñarle a Amaia el “verdadero arte” a cambio de su luciérnaga, pero ella negó con la frente alta: lo que brotaba de su pecho no se intercambiaba como moneda.
Ofendido, el mago conjuró una sequía negra: la tierra se agrietó, los ríos se hicieron polvo, y la aldea imploró al visitante que detuviera el castigo; entonces Amaia caminó hasta el centro de la plaza, apoyó la palma sobre el barreno agrietado y cantó la melodía que su abuela le susurró antes de morir.
La canción no tenía palabras; era un rumor de agua futura que viajaba por sus venas y, al instante, brotó un manantial que bañó los tobillos del mago y disolvió su ira convertida en lágrimas de asombro.
El mago arrodillado comprendió que durante décadas había estado robando milagros prestados, mientras ella creaba los suyos con lo único que nadie puede quitar: la certeza de que su propia vida vale la pena ser vivida.
Amaia nunca construyó torres de marfil ni escribió tratados; en cambio, enseñó a los niños a cerrar los ojos y a sentir el pulso que late detrás del miedo, y pronto los patios se llenaron de saltamontes de luz y de risas que sanaban las cicatrices de los adultos.
Cuando la guerra llegó desde el norte, llevándose los rebaños y las esperanzas, la aldea no se armó de espadas; cada cual encendió su luciérnaga interior hasta tejer un manto invisible que confundió al ejército y lo hizo regresar por el mismo camino de ceniza que había abierto.
Años después, Amaia, ya anciana, se sentó bajo el olmo que creció junto al manantial y, ante el viajero que le preguntó el secreto de su poder, respondió: “Cuida tu fogata interna como quien cuida la última cerilla del invierno; si la apagas buscando la luz ajena, nunca más verás tu sombra ni tu camino”.
Cuando murió, no dejó varitas ni grimorios; dejó un pueblo entero que había aprendido a despertar estrellas en su pecho, y así, cada vez que alguien duda, la brisa recuerda la lección de Amaia: la magia interior no es un don reservado a unos pocos, sino la llave común que abre la puerta de lo imposible para quien se atreve a creerse real.
La verdadera magia no se compra ni se impone; nace cuando cuidas tu propia luz y la compartes, porque nadie puede apagar lo que ya decides encender desde dentro.

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