lunes, 27 de octubre de 2025

NARRATIVA PARA PEQUES #5

 

El secreto del abuelo

En un valle escondido entre montañas tan altas que parecían acariciar las nubes, se encontraba el pequeño pueblo de Vallehondo. Allí, entre calles de piedra y casas con tejados de teja roja, vivía Mateo, un niño de cabello rebelde y ojos llenos de curiosidad por el mundo. Su espíritu aventurero lo llevaba a explorar cada rincón del bosque y a trepar los viejos olmos de la plaza, pero en su afán por descubrir, a menudo pasaba como una ráfaga de viento junto a la paciencia y las palabras de los demás, especialmente de su abuelo, don Jacinto.

Don Jacinto era un hombre anciano cuya piel estaba surcada por arrugas que contaban más historias que muchos libros. Pasaba las tardes en el porche de su casa, tallando pequeños pájaros de madera o simplemente observando el lento discurrir de la vida en el pueblo. Siempre tenía un relato a punto, una leyenda de la montaña o un recuerdo de su juventud, pero Mateo, con la impaciencia típica de sus diez años, rara vez se detenía a escucharlas completas. Para él, el presente era demasiado emocionante como para perderse en el pasado.

Una tarde de finales de verano, mientras el sol doraba las copas de los árboles, Mateo jugaba a ser explorador cerca del río Serpiente de Plata, llamado así por su curso sinuoso y brillante. Siguiendo el rastro de una lagartija, su pie tropezó con algo duro enterrado bajo la tierra húmeda. Intrigado, se arrodilló y, con sus manos, desenterró con cuidado un objeto circular y pesado. Era un reloj de bolsillo, increíblemente antiguo. Su cubierta de latón estaba opaca y arañada, pero cuando la frotó con la manga de su camisa, vislumbró un delicado grabado de un roble.

Corrió hacia la casa de su abuelo, con el corazón latiendo tan fuerte como el tesoro que llevaba en la mano. "¡Abuelo, abuelo, mira lo que he encontrado!" gritó, irrumpiendo en el porche. Don Jacinto dejó su talla a un lado y tomó el reloj. Sus dedos, nudosos y sabios, lo acariciaron con una ternura que a Mateo le pareció extraña. Una chispa de nostalgia brilló en los ojos del anciano.

—Hijo mío —dijo con una voz suave como el susurro del viento en los pinos—. Este reloj fue mío cuando era joven. Lo llevaba conmigo a todas partes. Lo perdí hace muchísimos años, el mismo verano en que se construyó el viejo molino. ¿Te gustaría que te cuente su historia?

Mateo, que ya imaginaba el reloj vendido por un montón de monedas en el mercado, movió la cabeza con impaciencia.
—No, abuelo, eso no importa. ¿Crees que vale algo? Tal vez podamos venderlo y comprar algo útil.

Una sombra de tristeza cruzó el rostro de don Jacinto, tan rápida como un pájaro al volar. Esbozó una sonrisa resignada, guardó silencio y le devolvió el reloj a su nieto. "El valor no siempre brilla para todos los ojos", murmuró para sí, pero Mateo ya no estaba escuchando.

Durante los días siguientes, Mateo llevó el reloj como su posesión más preciada. Lo mostraba a sus amigos, hacía ruidos de tic-tac con la boca y lo consultaba con aire importante. Pero una mañana, al sacarlo de debajo de su almohada, descubrió con horror que las manecillas se habían detenido para siempre. Ni sacudiéndolo ni dándole cuerda con desesperación logró que despertara de su letargo.

Desconsolado, recorrió el pueblo. Primero fue al taller del señor Lorenzo, el joyero, quien tras examinarlo con su lupa, negó con la cabeza. "Las piezas interiores son muy antiguas, hijo. No tengo los repuestos." Luego visitó a la señora Elvira, que coleccionaba antigüedades, pero ella solo se interesó por la procedencia, no por arreglarlo. La frustración se apoderó de Mateo. Su tesoro era ahora un pedazo de metal inútil.

Fue entonces, sentado en el muelle del río, viendo su reflejo agobiado en el agua, cuando recordó. Su abuelo, en su juventud, no solo había sido leñador y viajero, sino también un hábil reparador de objetos. En su cobertizo guardaba cajas llenas de herramientas y engranajes de todo tipo. Una mezcla de esperanza y vergüenza invadió a Mateo. Se había portado mal, había despreciado la oferta de una historia por un valor material que ahora se había esfumado.

Con el reloj apretado en su mano, se acercó con paso lento al porche donde don Jacinto, como siempre, tallaba un nuevo pájaro de madera.
—Abuelo... —comenzó, con la mirada baja—. Lo siento. El reloj se rompió... y... ¿crees que podrías ayudarme a arreglarlo?

Don Jacinto lo miró, y en sus ojos no había reproche, solo un cariño profundo y tranquilo.
—Claro que sí, nieto. Pero primero, ¿me concedes el honor de escuchar su historia? Esta vez con calma.

Mateo, sintiendo el peso de su error, asintió con solemnidad. Se sentó en el escalón a los pies de su abuelo y, por primera vez, no vio a un viejo que hablaba demasiado, sino a un guardián de tesoros invisibles.

Mientras don Jacinto desarmaba el reloj con la delicadeza de un cirujano, su voz se elevó, tejiendo el pasado en el presente. Le contó cómo había ahorrado durante un año entero, trabajando en la cosecha, para comprar ese reloj cuando era solo un muchacho con sueños de ver el mundo. Cómo el tic-tac constante había sido su compañero en su primer viaje a la ciudad, un sonido familiar en medio del bullicio desconocido.

—Una vez —continuó el abuelo, ajustando un pequeño resorte—, me adentré demasiado en el Bosque Negro. La noche cayó y estaba perdido. No tenía brújula, pero recordé que este reloj tenía una pequeña brújula en la tapa interior. Me guió hasta un arroyo, y siguiendo el agua, encontré el camino a casa. Este reloj me salvó la vida.

Mateo escuchaba, boquiabierto, imaginando a su abuelo joven y aventurero.

—Y no solo eso —prosiguió don Jacinto, una sonrisa pícara asomando a sus labios—. El día que conocí a tu abuela, Rosa, en la fiesta del pueblo, llegué puntual gracias a él. Ella siempre decía que la puntualidad es una muestra de respeto. Ese día, este pequeño artefacto me ayudó a ganarme su primera sonrisa.

Mientras hablaba, sus manos, llenas de la sabiduría de la experiencia, siguieron trabajando. Limpió cada engranaje, lubricó cada pivote y ajustó cada pieza con una paciencia infinita. Mateo no solo escuchaba las palabras; veía cómo su abuelo trataba al reloj no como un objeto, sino como un viejo amigo. Finalmente, con un suave "clic", cerró la cubierta y le dio cuerda.

Un sonido milagroso llenó el silencio del porche: Tic-tac, tic-tac. El reloj había vuelto a la vida. Las manecillas comenzaron a moverse, marcando de nuevo el paso del tiempo, un tiempo que ahora tenía un significado completamente nuevo para Mateo.

En ese momento, el niño no solo vio un reloj que funcionaba. Comprendió que detrás de cada objeto viejo y olvidado, podía haber una aventura, un amor, una lección de vida. Y que detrás de cada persona mayor, como su abuelo, había un universo de experiencias, de sabiduría ganada a pulso, de historias que eran mapas del tesoro para la vida.

Desde ese día, Mateo no solo escuchaba a su abuelo; lo buscaba. Se sentaba a su lado y le preguntaba por sus viajes, por el pueblo de antaño, por los secretos del bosque. Y no solo a él; comenzó a visitar a la señora Carmen, la panadera, para oír cómo se hacía el pan en el horno de leña; ayudaba al viejo Tomás en su huerto a cambio de aprender los secretos de la tierra. Aprendió que el respeto no es solo una palabra que se dice, sino una actitud que se practica: es detenerse, escuchar y reconocer el valor inmenso en las arrugas, en las manos cansadas y en los recuerdos de quienes allanaron el camino mucho antes de que nosotros empezáramos a andar.

Y el viejo reloj de bolsillo, que una vez estuvo muerto y enterrado, volvió a marcar el tiempo... justo a tiempo para que Mateo aprendiera la lección más importante de su vida: que los tesoros más valiosos no se encuentran en la tierra, sino en el corazón y la memoria de las personas que amamos.


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