sábado, 11 de octubre de 2025

BREVE NARRACIÓN #44


El Regalo del Ahora

En la esquina de su viejo departamento, Martín observaba cómo el sol matutino pintaba de dorado las paredes desconchadas. Durante años había soñado con un lugar mejor, más amplio, con ventanas que dieran al mar. Pero esa mañana algo cambió: en lugar de lamentarse, notó cómo la luz acariciaba sus libros apilados, cómo el aroma del café recién hecho se mezclaba con el canto de los pájaros que colocaban sus nidos en el árbol frente a su ventana. Por primera vez, no deseó estar en otro lugar.
Recordó entonces a su abuela Rosa, quien solía decirle de niño que "el presente es el único lugar donde la vida puede abrazarnos". Ella, que había perdido su casa en la guerra, encontraba alegría en cada amanecer, en cada taza de té compartida. Martín comprendió que había estado tan ocupado persiguiendo mañanas que nunca llegaban, que se había perdido miles de regalos cotidianos. Sus manos, todavía jóvenes y capaces. Sus ojos, que podían leer y admirar. Su corazón, que latía con fuerza mientras millones de células trabajaban silenciosamente para mantenerlo vivo.
Decidió salir a caminar sin rumbo fijo. En la plaza, un niño perseguía burbujas de jabón que flotaban como pequeños planetas iridiscentes. Su risa era contagiosa, pura, un recordatorio de que la felicidad no requiere motivos complicados. Martín se sentó en un banco y cerró los ojos: sintió la brisa acariciar su rostro, escuchó el murmullo de las hojas al danzar, percibió su propia respiración como un milagro silencioso. En ese instante comprendió que el presente no era un lugar al que llegar, sino un hogar al que regresar una y otra vez.
Al abrir los ojos, notó una anciana sentada a su lado, alimentando palomas con migajas de pan. "Mire", le dijo ella con una sonrisa cálida, "cada paloma es un momento que nunca volverá. Pero mientras las alimentamos, creamos algo eterno en lo efímero". Sus palabras resonaron en Martín como una verdad olvidada. Comenzó a enumerar mentalmente todo lo que estaba experimentando en ese preciso instante: la textura del banco de madera bajo sus dedos, el sabor residual del café en su boca, el ritmo constante de su respiración. Pequeñas grandes cosas que nunca antes había honrado con su atención plena.
De regreso en su departamento, Martín tomó una hoja y escribió: "Hoy descubrí que el presente es como un jardín secreto que siempre estuvo frente a mí, pero estaba demasiado ocupado mirando hacia el horizonte para verlo florecer". Colgó la nota en su refrigerador como un recordatorio. Preparó su alimento con deliberada lentitud, sintiendo el peso del cuchillo en su mano, el aroma de las verduras frescas, el sonido del agua al hervir. Cada acción se transformó en una meditación, cada momento en una oportunidad para estar verdaderamente vivo.
Esa noche, antes de dormir, Martín miró por su ventana y vio la luna llena suspendida como una lámpara antigua en el cielo nocturno. Pensó en los millones de personas que en ese mismo instante miraban la misma luna, cada una con sus propias historias, dolores y alegrías. Se sintió parte de algo más grande, conectado por el hilo invisible del presente compartido. Sonrió al comprender que no necesitaba esperar a que "llegara su momento"; este era su momento, este era su vida, desplegándose frente a él como la más hermosa de las coreografías, paso a paso, aliento a aliento, segundo a segundo.
El verdadero tesoro no está en lo que vendrá, sino en lo que ya estás viviendo.
Cuando honras el presente con tu atención, hasta lo más simple se vuelve sagrado.

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