viernes, 10 de octubre de 2025

NARRATIVA PARA PEQUES #3


El Mapa de las Estrellas Perdidas

En el pueblo de Bruma, donde las noches duraban más que los días, vivía una niña llamada Lucía que coleccionaba sueños en frascos de vidrio. Uno de ellos, el más antiguo, contenía un mapa dibujado con hilos de luz que solo se veían bajo la luna llena.
Lucía no sabía de dónde venía ese sueño, pero cada noche lo abría con cuidado, y las estrellas del mapa parpadeaban como si quisieran contarle algo. Un atardecer, mientras cerraba la ventana, vio que una de las estrellas se había apagado.
Decidida a descubrir qué pasaba, Lucía siguió el mapa que brillaba en sus manos. Caminó entre árboles que susurraban secretos y cruzó un río que olía a memoria olvidada. Al otro lado, encontró a un búho de ojos dorados que parecía esperarla.
—¿Buscas la estrella que se apagó? —preguntó el búho sin mover el pico—. Esa estrella es una promesa rota. Solo puede volver a brillar si alguien cumple lo que no pudo.
Lucía no entendió del todo, pero asintió. El búho le dio una pluma y le dijo que la usaría cuando tuviera que elegir entre lo correcto y lo fácil. Luego, desapareció entre las sombras como si nunca hubiera estado allí.
El mapa la llevó a una cueva donde vivía un niño llamado Tomás, que había perdido la voz al gritarle al viento que no quería crecer. Tomás dibujaba en las paredes todo lo que no podía decir. Lucía vio que uno de sus dibujos era la estrella apagada.
Tomás le mostró que la estrella había sido su promesa de volver a hablar cuando encontrara a alguien que entendiera sus dibujos sin necesidad de explicaciones. Lucía miró los trazos y, sin dudar, dijo: —Estás diciendo que tienes miedo de que nadie te escuche si cambias.
Tomás sonrió por primera vez en años. La pluma que Lucía llevaba empezó a brillar. Ella entendió que tenía que usarla, pero no para escribir, sino para dibujar. Tomás le dio un trozo de piedra negra y ella dibujó la estrella tal como era: rota, pero viva.
Cuando terminó, la cueva se llenó de luz. La estrella apareció en el cielo, más brillante que antes. Tomás habló con voz temblorosa: —Gracias por no dibujar lo que quería ver, sino lo que yo era.
Juntos salieron de la cueva. El mapa ahora mostraba un nuevo camino: el pueblo de Bruma, pero visto desde el cielo. Lucía entendió que tenía que volver, pero no sola. Tomás la acompañó, y cuando cruzaron el río, las aguas cantaban en vez de susurrar.
Al llegar, los frascos de Lucía empezaron a temblar. Los sueños se abrieron solos y las estrellas del mapa salieron volando hacia el cielo real. Cada una se posó en su lugar, formando una constelación nueva: una niña y un niño sosteniendo una pluma.
Desde entonces, Lucía dejó de coleccionar sueños. Empezó a coleccionar historias reales, las que la gente olvidaba contarse. Tomás se convirtió en su voz, y ella en sus oídos. Juntos descubrieron que las estrellas no se apagan por tristeza, sino por silencio.
Y si alguna noche ves una estrella nueva en el cielo, quizá sea porque alguien, en algún lugar, decidió escuchar lo que nadie más quería oír.

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