El Reloj de la Plaza Vieja
En la Plaza Vieja, donde las palomas parecen duendes y las flores olvidan cerrar sus pétalos, había un reloj de sol que marcaba no las horas, sino los deseos.
Cada mediodía, cuando la sombra tocaba la frase grabada en piedra
—"Aquí se cumple lo que se calla"—, una niña llamada Aurora dejaba caer un deseo al viento sin decirlo en voz alta. Nadie sabía que desde hacía cien años, el reloj guardaba los sueños de quienes no querían que el mundo los escuchara.
Una tarde, la sombra se detuvo. El reloj se negó a moverse, como si una mano invisible lo sujetara. Aurora, preocupada, colocó su oreja contra la piedra fría y escuchó un susurro: "Demasiados deseos guardados, demasiadas promesas rotas". Entonces, sin pensarlo, susurró su deseo más profundo: que el reloj volviera a girar. La sombra tembló, retrocedió un paso, y el reloj retomó su danza lenta.
Pero algo había cambiado: desde entonces, los deseos de Aurora ya no eran secretos; cada vez que la sombra avanzaba, una estrella fugaz cruzaba el cielo, llevando su voz a quienes más lo necesitaban.
Años después, cuando Aurora era una mujer de canas plateadas, regresó a la plaza y encontró al reloj cubierto de musgo. Lo limpió con sus manos temblorosas y, al hacerlo, descubrió que la piedra ya no tenía la frase grabada.
Años después, cuando Aurora era una mujer de canas plateadas, regresó a la plaza y encontró al reloj cubierto de musgo. Lo limpió con sus manos temblorosas y, al hacerlo, descubrió que la piedra ya no tenía la frase grabada.
En su lugar, había una sola palabra: "Gracias". Aurora sonrió, porque sabía que los deseos no necesitan silencio para ser verdaderos; solo necesitan ser compartidos. Desde aquel día, cada vez que alguien deja caer un deseo al viento en la Plaza Vieja, el reloj de sol brilla un poco más, como si recordara a la niña que un día le devolvió el tiempo.

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