El jarrón que no cantaba
Había una vez una alfarera llamada Ixchel que regalaba a cada amigo un jarrón de barro negro sin motivos.
–Es para que guardes dentro lo que más quieras– advertía–, pero no esperes que cante.
–Es para que guardes dentro lo que más quieras– advertía–, pero no esperes que cante.
Los amigos asentían, sin embargo, todos, al llegar a casa, soplaban al jarrón convencidos de que, con ellos sí, brotaría un trino celeste. Los días pasaban y los jarrones permanecían mudos. Uno a uno, los amigos volvían enfadados:
–¡Mentirosa! Prometiste música y solo hay silencio.
–¡Mentirosa! Prometiste música y solo hay silencio.
Ixchel recogía cada jarrón, lo abría y sonreía: dentro había una semilla de ceibo. Había crecido hasta llenar la vasija, pero al no ser regada, se había secado.
–Las semillas sólo florecen si las cuidas –explicaba–. Yo ofrecí el jarrón; la canción debían crearla ustedes.
–Las semillas sólo florecen si las cuidas –explicaba–. Yo ofrecí el jarrón; la canción debían crearla ustedes.
Los amigos comprendieron que la decepción no venía del jarrón, sino del canto que ellos mismos habían imaginado. Desde entonces, cuando Ixchel entregaba un regalo, decía:
–Tómalo tal cual es; su valor está en lo que tú hagas con él, no en lo que esperes que haga por ti.
–Tómalo tal cual es; su valor está en lo que tú hagas con él, no en lo que esperes que haga por ti.
Y los jarrones, aun sin cantar, empezaron a llenarse de flores rojas que nunca habrían existido si las expectativas se las hubieran tragado antes.
No cargues al otro con lo que sólo tú puedes dar: las expectativas que pones en los demás son siempre canciones que tú dejas de cantar.

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