domingo, 5 de octubre de 2025

NARRATIVA PARA PEQUES #1


 El Guardián del Bosque Susurrante

Leo era un niño de diez años con una curiosidad tan grande como su colección de piedras brillantes. Su mayor aventura era explorar el bosque que comenzaba justo al final del jardín de su casa. Su abuelo le había contado que ese lugar era especial, el Bosque Susurrante, donde los árboles antiguos tenían algo que decir, si uno sabía escuchar.

Una tarde, mientras seguía el rastro de una mariquita con puntos dorados, Leo se adentra más de lo habitual. De repente, una luz tenue y parpadeante, que salía de entre las raíces de un roble milenario, captó su atención. Al acercarse, vio que la luz provenía de una criatura no más grande que su mano. Era un ser hecho de musgo y luz, con alas de hojas de arce y unos ojos que brillaban como gotas de rocío.

"¿Quién eres?", preguntó Leo, sin un ápice de miedo. "Soy Lumen, el último guardián de este bosque", respondió la criatura con una voz que sonaba a cascada de agua. "Mi trabajo es mantener el equilibrio, pero mi luz se está apagando porque los árboles están olvidando cómo susurrar. Los niños ya no vienen a escucharlos".

Leo sintió una punzada de tristeza. No podía permitir que la magia del bosque desapareciera. "¿Qué puedo hacer yo para ayudar?", preguntó con determinación. Lumen sonrió, y su luz brilló un poco más fuerte. "Debes aprender su lenguaje. Toca su corteza, siéntate a su sombra y escucha no con tus oídos, sino con tu corazón".

 Sin pensarlo dos veces, Leo extendió su mano lentamente, temeroso de asustar a la frágil criatura. Lumen se posó en su dedo índice, y una cálida sensación de paz recorrió el brazo del niño, como si hubiera sumergido la mano en un rayo de sol. En ese momento, supo que su misión era la más importante que jamás tendría.

Siguiendo el consejo de Lumen, Leo visitó cada día un árbol diferente. El viejo sauce llorón le transmitió la melancolía de los atardeceres, mientras que el joven abedul le llenó de una energía alegre y juguetona. Aprendió que cada árbol, como cada persona, tenía un carácter único y una historia que compartir.

Sin perder un segundo, Leo se acercó al roble más grande y apoyó su palma en la corteza rugosa. Cerró los ojos y respiró hondo. Al principio, solo escuchó el viento, pero luego, una sensación cálida y tranquila comenzó a fluir hacia él. No eran palabras, sino sentimientos: la alegría del sol en las hojas, la frescura de la lluvia, la historia de cien años contada en un solo instante.

Emocionado, corrió hacia su casa y regresó con sus cuadernos y lápices de colores. Se sentó bajo el roble y comenzó a dibujar todo lo que el árbol le había "contado". Dibujó pájaros que ya no se veían, arroyos que una vez corrieron y las caras de los niños que, como él, habían jugado allí hacía mucho tiempo.

No se limitó a dibujar; también escribió pequeñas historias y poemas inspirados en los susurros del bosque. Creó un diario de explorador tan colorido y vivo como el propio Bosque Susurrante. Cada página era un tesoro, un pedacito de magia capturado con sus propias manos.

Al día siguiente, Leo llevó sus dibujos al colegio y se los mostró a sus amigos. Les habló del Bosque Susurrante y de Lumen. Pronto, una pequeña expedición de niños comenzó a visitar el bosque. Jugaban, trepaban a los árboles con cuidado y se sentaban en silencio para escuchar. El bosque, que había estado callado durante tanto tiempo, se llenó de nuevo de risas y susurros.

 Los padres, intrigados por el entusiasmo de sus hijos, empezaron a acompañarlos en sus visitas. Pronto, el ejemplo de Leo se contagió a las familias, que organizaron jornadas para limpiar senderos y plantar nuevos brotes, prometiendo respetar y proteger aquel rincón mágico para siempre.

Esa noche, Leo volvió al claro. Lumen no era ya una lucecita débil, sino un faro brillante que iluminaba todo a su alrededor. "Lo has logrado", dijo el guardián, su voz ahora fuerte y clara. "Has devuelto la atención y el cariño que el bosque necesitaba. Mientras haya alguien que lo escuche, yo estaré aquí, y la magia nunca morirá".

Antes de despedirse, Lumen extendió su mano y dejó caer una pequeña semilla que brillaba con una luz suave en la palma de Leo. "Plántala en tu jardín", susurró, "y será un nuevo lazo entre tu mundo y el mío". Leo, con el corazón lleno de alegría, cerró su mano alrededor del regalo, sabiendo que la aventura apenas comenzaba.

Y desde entonces, si pasas por el Bosque Susurrante, quizá veas a un grupo de niños escuchando atentamente, y si tienes suerte, un destello de luz verde y dorada jugando entre las ramas.


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