jueves, 2 de octubre de 2025

BREVE NARRACIÓN #43


 El faro de las palabras justas

En la costa de Neblina, los barcos naufragaban no por las rocas, sino por la confusión de quienes los gobernaban. El capitán Elio, cansado de perder tripulantes, exigió a su dotación que cada orden fuera dicha con nombres exactos, tiempos precisos y destinos sin rodeos. “Rumbo nordeste, velocidad siete nudos, arribo al amanecer”, repetía, hasta que las frases se grabaron en el viento como un canto.

Una noche de tormenta, cuando la bruma volvió a engullir el mar, la claridad de aquellas instrucciones fue el único hilo que guió al navío. Mientras otros barcos giraban en círculos, el suyo avanzó sin dudar. Al amanecer, los náufragos que encontraron a bordo lloraron al oír cada palabra ordenada, como quien descubre un idioma que salva.

De vuelta en puerto, Elio desmontó el timón y lo clavó en la plaza. Allí grabó una sola ley: “Decid lo que pensáis, sin sombra ni eco”. Los pescadores, antes dados a los chismes y los rumores, empezaron a nombrar las cosas por su nombre: el miedo, la esperanza, la culpa, el perdón. El pueblo entero se volvió más pequeño, pero tan nítido que hasta las estrellas parecían más cercanas.

Años después, cuando Elio ya era solo una voz en la memoria de los viejos, los niños seguían jugando a “faros”: uno gritaba una idea clara y los demás corrían hacia ella como si fuera luz. Entonces se sabía que el naufragio mayor no era hundirse en el mar, sino perderse en la propia palabra. Y que salvarse dependía de una sola frase, dicha a tiempo, sin miedo a ser entendida.

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