Eco perdido
En un pequeño reino, un anciano sabio observaba con preocupación cómo los discursos del rey se llenaban de promesas grandiosas, pero vacías. Un día, llevó al monarca a una cueva profunda en las montañas y le pidió que gritara cualquier cosa.
El rey, con voz imponente, proclamó:
— ¡Traeré justicia y prosperidad a mi pueblo!
El eco repitió sus palabras con fuerza.
Luego, el sabio arrojó una piedra al vacío. Se escucha un estruendo lejano, profundo y real.
— ¿Qué me quieres enseñar con esto, anciano? —preguntó el rey.
— Que las palabras sin acción son como un eco en la cueva: suenan fuerte, pero no dejan huella. En cambio, los actos son como la piedra: aunque no hablen, su impacto es real y se siente.
Desde aquel día, el rey comprendió que las palabras huecas nunca construyen un reino sólido.
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