El pozo de los ecos
En el pueblo de Piedrahonda había un pozo tan profundo que, cuando alguien arrojaba una moneda, el eco tardaba nueve segundos en regresar. La gente lo usaba como banco de los silencios: cada cual iba, lanzaba una palabra que no se atrevía a decir en voz alta, y la esperaba de vuelta, convertida en susurro, para guardársela otra vez. Con los años, el pozo se llenó de ecos apilados, un cúmulo de palabras que nadie había escuchado del todo.
Una mañana, la niña Lúa —que aún no sabía leer— se asomó y, en vez de soltar una moneda o un secreto, gritó:
—¡Hola! ¿Hay alguien ahí?
El eco tardó nueve segundos y respondió:
—¡Hola! ¡Hay alguien ahí!
Pero esta vez la voz sonó más clara, como si el pozo se hubiera cansado de repetir y decidiera dialogar.
—¡Hola! ¿Hay alguien ahí?
El eco tardó nueve segundos y respondió:
—¡Hola! ¡Hay alguien ahí!
Pero esta vez la voz sonó más clara, como si el pozo se hubiera cansado de repetir y decidiera dialogar.
Lúa corrió a contarlo. Los adultos no quisieron creerla: “Es un truco del viento”, dijeron. Entonces ella volvió con sus amigos. Juntos formaron una cadena humana al borde del pozo y, en vez de arrojar penas, empezaron a hablar en voz alta: cuentos, preguntas, chistes, disculpas. Cada fracia que descendía regresaba distinta: más suave, a veces más verdadera. Pronto el pueblo entero acudía al anochecer a conversar con el fondo. Las palabras, antes enterradas, regresaban convertidas en canciones que la gente aprendía de memoria y cantaba al día siguiente.
Una semana después, el pozo dejó de devolver ecos. Se había vaciado. En su lugar brotó un manantial de agua cristalina que sabía a todas las voces que habían descendido. Los vecinos bebieron, y al hacerlo descubrieron que ya no necesitaban el pozo: podían hablar frente a frente sin miedo a romper nada. Desde entonces, en Piedrahonda se guarda una regla simple: antes de dejar que una palabra se hunda, se la ofrece al aire. Porque una moneda callada solo compra silencio, mientras que una palabra compartida paga la deuda de la soledad y aún sobra para devolver cambio de luz.

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