El último paso
En la antáutica ciudad de Éfira, los maestros de la torre del reloj enseñaban que el tiempo solo obedecía a quienes caminaban con la frente en alto. Uno de sus aprendices, Elian, torcía el gesto ante cada amanecer: “¿Para qué alistar los engranajes si al final todo se oxida?”. Su actitud apagaba hasta las campanas, que doblaban con bronca en vez de esperanza.
Un mediodía, mientras Elian maldecía porque una rueda dentada se le resbalaba, la torcida se detuvo: el reloj se paró y con él todo el mercado, los niños, los vientos. La maestra Ancelma, sin reproche, le entregó su propio destornillador. “No es el metal lo que pesa —dijo—, sino la forma en que lo sostienes”.
Elian tomó el mango con ambas manos, respiró hondo y, por primera vez, giró el tornillo pensando en cuánta luz ganarían los balcones cuando la esfera volviera a brillar. El reloj dio un clic. Las campanas repicaron tan fuerte que hasta las sombras se enderezaron.
En ese instante comprendió: la actitud no cambia el mundo, cambia la mano que lo sostiene; y con ella, el mundo entero da la hora exacta.
La actitud no altera los hechos, pero transforma la fuerza con que enfrentas los hechos; y esa misma fuerza, a la larga, redibuja lo que parecía inmutable.
.jpg)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario