Cada primavera, cuando los cerezos se vestían de blanco, Takeshi ascendía al monte para recordar. En la cima, un solo árbol florecía antes que los demás: era donde había prometido a Akiko amarla “mientras las flores de cerezo regresaran”.
Un año, la guerra la llevó lejos y él quedó en silencio, regando la tierra con lágrimas en lugar de lluvia. Los cerezos florecieron y marchitaron una, dos, veinte veces, sin que ella regresara. Takeshi, ya anciano, seguía subiendo con una petaca de agua para el árbol, como quien cuida un corazón.
Una tarde, al alcanzar la cima, vio que el cerezo no había florecido. Se arrodilló y susurró: “Perdóname, ya no puedo esperar”. Entonces, una brisa cargada de pétalos blancos lo envolvió; entre ellos, una nota escrita con tinta de mirto: “Las flores siempre vuelven, y yo también”.
En el valle, el primer cerezo estalló en blanco. Takeshi sonrió: el juramento seguía vivo.
.jpg)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario